Cuando la brecha se vuelve abismo: la educación en tiempos de pandemia

En Colombia, el 63% de los hogares en las cabeceras municipales tiene acceso a internet y poco más del 50% tiene un computador, tableta o portátil en casa. En las áreas rurales es muy distinto: solo el 16% tiene acceso a internet en su casa y apenas el 9% tiene computador, portátil o tableta. En este contexto, la pandemia forzó a los estudiantes del país a aprender desde sus hogares y muchos alertan que se está ampliando la brecha digital y de acceso a la educación.

En Caloto, Cauca, María Guda le contesta las inquietudes a sus alumnos por WhatsApp. Y tan pronto les responde, a veces también a través de una llamada telefónica, les pide que sean replicadores: “vete en la cicla que tu vives cerca a Diana”, le dice a una estudiante, con la esperanza de que Diana lleve el mensaje a otro compañero más. “A mí me toca emplear una cadena de mensajes”, dice la profesora María ahora que todos están confinados y más aún sus estudiantes, en un resguardo indígena en un municipio aledaño.

Para ella y sus colegas el mensaje de confinamiento que vino de la mano con el confinamiento, ordenado tanto por el gobierno central como por las autoridades indígenas ante la llegada del Covid-19 al país, les cayó como un “baldado de agua fría”. Hasta comienzos de este año algunos de sus estudiantes, en grados décimo y once, ya tenían correo electrónico y empezaban a familiarizarse con el concepto de “la nube”, pero nada que les permitiera estar listos para iniciar clases virtuales. No solo porque la mayoría desconocen las herramientas de videollamadas que se han vuelto tan cotidianas en las grandes ciudades del país, sino porque no existe ni la facilidad para acceder a internet, ni el ancho de banda suficiente para pensar siquiera en una videollamada de uno a uno.

Clase de informática previa a la pandemia en zona rural de Fresno, Tolima
Clase de informática previa a la pandemia en zona rural de Fresno

De modo que cuando inició el encierro, María y sus compañeros empezaron a preparar guías escritas que cada 15 días envían a la comunidad. Mientras esperan las respuestas, las experiencias, de sus estudiantes, se ponen a trabajar en el siguiente paquete. Las autoridades del resguardo, que por derecho constitucional y ancestral pueden definir sus propios lineamientos educativos, dieron una directriz clara: si no hay significancia dentro de la comunidad, no es necesario en este momento. Es decir, si lo que se va a enseñar no les sirve para su realidad inmediata, hay que sacarlo del programa. María pone como ejemplo que debe justificar la explicación de los movimientos parabólicos en Física con su utilidad para asuntos como el trabajo en el campo. Allá, como en otras zonas del país, la pandemia está forzando a cambios revolucionarios.

WhatsApp, la herramienta que salvó a muchos estudiantes en el aislamiento.

Cuando inició el confinamiento a mediados de marzo, muchos profesores en zonas rurales temieron perder el contacto con sus estudiantes. Whatsapp les ofreció lo mínimo para mantener la comunicación entre ellos: la penetración de la aplicación es alta y, por otro lado, usualmente no consume los datos del plan del usuario. Sin embargo, sus posibilidades como herramienta educativa son muy limitadas y no reemplaza el acceso a internet.

Entre el 27 de abril y el 8 de mayo, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), con el apoyo de una decena de organizaciones en Colombia, realizó una encuesta sobre cómo estaba funcionando la educación en medio de la pandemia. Contactaron a 1.437 docentes y a 1.219 padres de familia, la mayoría de ellos en zonas urbanas (80% de los docentes y 65% de los padres). En esta encuesta pudieron indagar con qué frecuencia podían contactarse con sus estudiantes, y a través de qué medios y qué canales prefieren las familias para recibir información. En una conversación organizada por la organización Red Papaz, Juan Maragall, especialista en educación del BID, resaltó que los datos, si bien no constituyen una muestra estadística representativa, sí representan un panorama nacional.

Entre otros, la encuesta encontró que el 91,5% de los docentes se comunicaba con sus estudiantes principalmente a través de mensajes de texto (SMS) o WhatsApp, y que este mismo medio era el segundo predilecto por los padres (82,2% de ellos dijeron preferir ese canal, aunque un 83,6% pusieron por encima los canales físicos). Y muchos profesores y expertos con los que hablamos para este informe coinciden con esa información.

Margarita Sáenz, directora de Enseña por Colombia, una organización que hace puentes entre colegios con necesidades y profesionales que quieren formarse en la docencia, dice que el provecho que se le ha sacado a WhatsApp “era algo que muchos no se imaginaban”. Según cuenta, ella y los profesores que tienen ubicados en distintas partes del país se preocuparon en los primeros días del aislamiento. “No vamos a tener contacto”, le dijeron. Pero en cambio, empezó a surgir un contacto permanente, al menos con quienes pueden acceder a un teléfono inteligente y a WhatsApp. Sáenz añade que “hay muchos profesores que reportan que ahora tienen más comunicación con los padres”. De hecho, según la encuesta del BID, el 74,8% de los docentes que encuestaron dijeron que han podido mantener una comunicación diaria con sus estudiantes.

Salón de clases vacío en zona rural de Puerto Asís, Putumayo
Salón de clases vacío en zona rural de Puerto Asís, Putumayo

Los testimonios obtenidos para este reportaje dan cuenta de algunas constantes. En muchos hogares el único acceso a internet posible es a través de un celular, que pertenece a la persona que trabaja y está ausente durante el día. Esa conexión, en zonas rurales o apartadas de las cabeceras municipales, es inestable e impide una navegación fluida. Y WhatsApp tiende a ser la aplicación por excelencia porque, como resalta Carolina Botero, directora de la Fundación Karisma, “es cero rating, es decir, es gratis en el sentido en que no consume los datos del plan -siempre que se tenga plan al menos en prepago-, y por eso es además la más popular”.

A pesar del salvavidas, el uso de esta herramienta ha tenido sus propias limitaciones. No todas las familias tienen plan de datos (ni siquiera prepago) o si lo tienen, hay problemas de conexión o disponibilidad de equipo: en algunas casas solo hay un celular con conectividad que usa la persona que tiene que salir a trabajar en el día, y en muchos casos la red apenas les permite recibir mensajes (de modo que ni pensar en audios, fotos o videos). Y para encontrar casos así no es necesario ir muy lejos de las principales ciudades del país.

El acceso a internet, un lujo en las zonas periféricas de las ciudades.

Las facilidades para acceder a la red se empiezan a perder apenas uno está saliendo de las ciudades capitales. Un rector al sur de Bogotá prestó algunos computadores de su institución, aunque sabe que eso no hace la diferencia. Las cifras del DANE, del Ministerio de las TIC y de la OCDE hablan de un país desconectado que está lejos de estar preparado para promover el aprendizaje en línea. La educación virtual no es una opción para muchos niños y jóvenes.

En la localidad de Ciudad Bolívar, al sur de Bogotá, hay una vía que conduce a un sector que se conoce como Quiba. Aunque la jurisdicción le sigue correspondiendo a Bogotá, aquí la ciudad se empieza a quedar atrás. En la vía a Quiba quedan las dos sedes del Colegio Rural Quiba Alta, una de las pocas instituciones con enfoque rural en la capital. Antonio Castillo, rector de la institución, cuenta que tienen 20 computadores y 60 tabletas. Algunos profesores identificaron familias que necesitaban equipos y según Castillo, hicieron los trámites para prestar diez portátiles.

Pero esa burocracia ha frenado a muchos directivos, según nos contaron un par de expertos consultados para este trabajo. Castillo dice que para prestar un equipo el profesor tiene que hacer una solicitud al rector, luego este debe avisar al almacenista y dar reporte a la Secretaría de Educación del Distrito. Con esa luz verde se avisa al personal de vigilancia para que autorice la salida del equipo y hay que delegar a un mensajero para que lleve el portátil a la casa del beneficiado, todo esto con las complicaciones de comunicación propias del confinamiento. Y al final, dice Castillo, “los rectores entramos a ser responsables si el computador se llega a dañar o a perder”.

Según el rector de Quiba Alta, “al que ha pedido, se le ha dado”, pero tanto él como otros conocedores de la materia afirman que a muchos rectores los desanima la responsabilidad que cae sobre sus hombros y prefieren dejar los equipos guardados por temor a sanciones disciplinarias o administrativas posteriores. Al menos en la Secretaría de Educación de Bogotá dicen que “desde hace meses” definieron un protocolo para acelerar los préstamos, y que en la página web está el formato que debe ser firmado por los padres o acudientes que reciben los equipos. Al ser consultado sobre los temores de los rectores, Carlos Reverón Peña, Subsecretario de Acceso y Permanencia de la Secretaría, dijo que hay “una póliza que cubre la pérdida o daño de equipos o tablets que se pierdan. Por lo que la respectiva aseguradora cubre cuando eventualmente se pierdan equipos”.

En cualquier caso, el rector Castillo dice que no le ha hecho mucha publicidad a su política porque con 1.317 estudiantes, 540 de ellos en bachillerato, la diferencia que puedan hacer 10 o 20 computadores es poca. Además, el rector dice que los profesores están trabajando sobre guías escritas, porque la conectividad a internet es un bien escaso entre sus estudiantes.

El DANE elabora el Boletín técnico de indicadores básicos de TIC (descargar anexos), que mide la tenencia y uso de tecnologías de la información y la comunicación en empresas y hogares. En el boletín más reciente, del año 2018, se expone que el 63,1% de los hogares en las cabeceras municipales (áreas urbanas de los municipios) del país tienen conexión a internet, pero solo el 16,2% de las zonas rurales dispersas y los centros poblados (una denominación del DANE para un mínimo de 20 casas en el área rural) tienen este este servicio en sus hogares. Además, dice que el 50,8% de los hogares en las cabeceras municipales tienen computador de escritorio, portátil o tableta, una proporción que cae hasta el 9,4% en el área rural.

La fuente de esta información es la Encuesta de Calidad de Vida, que ese año fue realizada en “89.522 hogares con encuestas completas” y el Boletín resalta que “los datos recolectados en la ECV 2018 fueron expandidos con proyecciones de población elaboradas con base en los resultados del Censo 2005”. Datos como estos, que además dan luces sobre la tenencia de un celular (las proyecciones de la Encuesta dicen que en el 57,6% del área rural colombiana tienen uno, y de estas casi 6 millones de personas el 53,5% tiene smartphone), sirven de base para proyectar las dificultades de depender de la tecnología para la educación a distancia.

Las cifras más actualizadas dan cuenta de un panorama de desconexión para la mayoría de los colombianos en sus casas. El Boletín Trimestral de las TIC más reciente, que corresponde al último trimestre de 2019, dice que “el número de accesos fijos a Internet por cada 100 habitantes en el país se situó en 13,81”. Es decir, por cada 100 personas en Colombia, hay al menos 86 que no tienen acceso fijo a internet. En departamentos como Arauca, Putumayo, Chocó o La Guajira el reporte dice que por cada 100 habitantes hay menos de 5 accesos fijos a internet. Las cifras para el acceso a datos móviles son un poco más elevadas. Según el Boletín del Min TIC, “al término del cuarto trimestre de 2019, el total de accesos a Internet móvil en Colombia alcanzó los 30,9 millones”. De este total, 18,28 millones acceden por demanda y 12,59 por suscripción. Es decir, en este último caso la mayoría de la gente tiene planes prepago.

El Índice Coronavirus y Derechos Digitales pidió al Ministerio de las TIC un balance de los Kioskos Vive Digital y la entrega de tabletas durante los últimos años. El Ministerio no entregó el balance y, en cambio, enfocó su respuesta en una nueva estrategia denominada “Plan de Conectividad Rural” que instaló “1.000 Zonas Digitales en centros poblados de 381 municipios de 20 departamentos del país”. Ahora, en el marco de la pandemia, el Ministerio dice que ya ha instalado otras 300 Zonas en las áreas rurales de 99 municipios, de 19 departamentos, y que otras 250 Zonas Digitales “estarán disponibles en su totalidad en el mes de octubre de 2020”.

El rector del Colegio Rural Quiba Alta dice que las condiciones de sus estudiantes son difíciles. El 95% de ellos viven en la periferia de Bogotá, algunos incluso están en asentamientos irregulares, y el otro 5% habitan en zonas rurales. Cuando la pandemia llegó a Colombia, y con ella el confinamiento, la Secretaría de Educación del Distrito citó a una serie de jornadas especiales los sábados para que los profesores organizaran el material que sería enviado en los días siguientes a los estudiantes. Al menos en Quiba Alta, todos tenían claro que desarrollarían unas guías escritas y la posibilidad de apoyarse en recursos en línea sería un asunto excepcional, prescindible.

Sáenz, de Enseña por Colombia, dice que en ese sentido “el Ministerio de Educación ha tenido una respuesta razonable, teniendo en cuenta la capacidad que tienen y el tamaño del reto”. Según ella, las directrices del Ministerio han sido claras en priorizar recursos para imprimir estas guías y pedir que se busquen los caminos para hacerlas llegar a las casas. “No es que estuvieran metiendo la idea de la educación virtual a la fuerza”, dice.

Portal de la Red Educativa Realense
Despliegue del Portal de la Red Educativa Realense usando un servidor local Kimera en zona rural de Fresno, Tolima.

En un reciente documento publicado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, hicieron un análisis sobre qué tan preparados estaban los países para esta crisis. Entre otras cifras, el análisis que se basa en la Base de datos de PISA para 2018 resalta que “en Colombia, el 62% de los estudiantes reportaron tener un computador que podían usar para el colegio, lo cual es más bajo que el promedio de los miembros de la OCDE (89%). La situación es aún más complicada para estudiantes con menores recursos económicos.

Las guías impresas han tenido sus propios obstáculos. El rector Castillo dice que las primeras que hicieron tenían entre 60 y 70 páginas, y ahora están procurando que no tengan más de diez. Y si bien el BID afirma que el 83,6% de los alumnos encuestados tienen como principal canal de comunicación el papel, hay que tener en cuenta que muchos de ellos nunca habían tenido acceso a un libro guía en el colegio, como para ahora depender únicamente de textos impresos. A esto se suma la dificultad para imprimirlos. En zonas donde los colegios no tienen la capacidad de sacar copias, la tarea ha recaído sobre las Secretarías de Educación, que también deben procurar la logística para repartir el material a los estudiantes.

Así lo expone Carolina Piñeros, directora de Red Papaz, una organización que articula a cuidadores, madres y padres de familia, alrededor de los derechos de niños y adolescentes, incluido el derecho a la educación. Piñeros resalta que en el país hay una gran cantidad de estudiantes que no tienen libros guía ni en el colegio, ni en sus casas, de modo que hasta antes de la pandemia, “muchos solamente iban y escuchaban la clase”. Ahora, sin ningún tipo de experiencia previa, muchos niños y jóvenes se están formando con un material impreso que les llega semanal o quincenalmente. Ahí el rol de esa llamada del profesor, o el mensaje por WhatsApp, ha sido clave.

Sin internet, la educación en pandemia está convirtiendo la brecha en abismo.

¿Qué pasa cuando un estudiante no tiene herramientas para acceder a la educación? En muchas zonas del país hay colegios sin libros guía, sin insumos de saneamiento básico, sin agua. Pero aún así, hasta antes de marzo los niños y niñas podían ir a su escuela, escuchar al profesor e intentar andar el camino para acceder a la universidad. Si el internet se convierte en requisito para romper esa barrera –ya sea en un sistema a distancia o de alternancia– muchos abandonarán el proyecto de educarse. De ahí la urgencia por encontrar caminos para mantener a los jóvenes conectados.

Pero mientras en la periferia de las ciudades o en las zonas rurales el acceso a internet es excepcional, los estudiantes de otras instituciones, principalmente privadas, viven una realidad distinta. En muchos colegios se están desarrollando clases “sincrónicas”, como dicen los pedagogos, a través de programas de videollamada en vivo. Adicional a esto tienen plataformas en las que suben tareas, actividades didácticas, videos explicativos y recursos tan variados como la web misma. En cambio María, en el corazón del Cauca, cuenta que evita enviarles audios por WhatsApp a sus estudiantes porque se pueden demorar hasta dos horas descargándolos. Descargar un video les puede tomar un día. En zonas como ésta, si bien puede haber conexión a internet, no se trata de un acceso en las mismas condiciones de las ciudades.

En la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia, el profesor Fernando Zapata lidera una línea de investigación sobre perspectivas críticas en educación y TIC. Allí él y su grupo llevan varios años analizando la brecha digital en el país, así como las potencialidades y riesgos de las tecnologías de la información y la comunicación en los entornos de aprendizaje. Zapata no había pensado antes en un escenario en el que la tecnología fuera el principal medio de acceso a la educación. Para él, los entornos digitales habían sido acompañantes del proceso educativo, pero ahora empiezan a ubicarse como el principal puente de aprendizaje. Y este panorama se suma a otros obstáculos que ya eran graves antes de la pandemia.

Cuando buscamos a Carolina Piñeros, directora de Red Papaz, para hablar sobre derechos digitales y educación en estos meses de confinamiento, virus e incertidumbre, su atención se centró no solo en problemas como el acceso a la tecnología y la conectividad, sino además en la falta de atención en otros derechos básicos. En su opinión, “hay escuelas que podrían estar funcionando o no debieron haber cerrado”. Piñeros se refiere a las zonas más apartadas del país a las que no ha llegado el virus. Y por lo tanto, podrían volver a las aulas con las medidas básicas que exigen los nuevos protocolos. Pero ella sabe, por experiencia y por sus enlaces en distintas partes del país, que en muchas de esas instituciones no hay insumos para el saneamiento básico o ni siquiera tienen agua potable.

Encuentro en línea con estudiantes de la zona rural de Medellín
Encuentro en línea entre investigadores de apoyo y estudiantes de la zona rural de Medellín.

La encuesta del BID resalta en uno de sus puntos que en los municipios encuestados en los que no había Covid-19 a finales de abril, el índice de pobreza multidimensional era en promedio de 45,6 (sobre 100), una medición que refleja múltiples carencias sobre una misma población. “La deuda que tiene este país en temas de infraestructura básica para las instituciones educativas sigue siendo muy grande”, apunta al respecto Sáenz, directora de Enseña por Colombia.

Piñeros, Zapata y muchos de quienes trabajan en educación están preocupados por las consecuencias que puedan traer esta suma de carencias. “En vez de funcionar como un ecualizador social, la educación se puede convertir en un agente profundizador de diferencias e inequidades”, resalta el investigador Zapata. El profesor de la UdeA explica que aún en las “condiciones adversas” que describe Piñeros, los estudiantes estaban accediendo a una escuela, recibían la información básica para presentar un examen de Estado y algunos podrían presentarse y pasar a una universidad pública. “En las condiciones actuales lo que está pasando es que a estos a los que les cuesta más, les va a tocar renunciar”.

La directora de Enseña por Colombia dice que algunos de sus profesores han tenido que escuchar cosas como “¿sabe qué, profe? Yo prefiero perder el año”. En estos meses de pandemia, hay colegios oficiales en las capitales del país que dicen que “se le perdió el rastro” a cerca de 13.000 estudiantes. Tradicionalmente, el riesgo de deserción escolar es mayor en las zonas rurales, pero en muchas partes se suma al acecho del reclutamiento forzado. Un día antes de que se registrara la masacre de 6 jóvenes en el área rural de Tumaco el pasado 22 de agosto, el obispo de ese municipio, monseñor Orlando Olave Villanova, alertó: “el reclutamiento es un problema que se ha recrudecido por esta situación, en medio de la pandemia los niños sin colegio y los jóvenes sin ir a una institución educativa son presa fácil de esta realidad”.

De ahí la urgencia por corregir el rumbo.

Educar distinto, idealmente con internet.

Lograr la infraestructura y pedagogía suficiente para que la conexión llegue y se use de forma eficiente es lento y costoso. Pero es un objetivo que se debería perseguir. Mientras tanto, hay proyectos y herramientas de “baja tecnología”, sin conexión pero profesores con suficiente iniciativa, para que los jóvenes sigan motivados y tengan su propia dosis de conectividad durante esta crisis. No hay una sola fórmula ni “trajes a la medida”.

La Fundación Karisma venía trabajando en el proyecto Red Local Kimera en el municipio de Fresno, Tolima, desde antes de que la pandemia obligara el cierre de los colegios. Por medio del uso de software libre (usan herramientas como Xampp, el servidor web Apache y la base de datos Mysql) pueden convertir un computador corriente, conectado a un enrutador, en servidor. En varios computadores/servidores del municipio los profesores están cargando desde las guías en PDF hasta herramientas de contenido abierto como la versión offline de Wikipedia. De modo que los jóvenes se acercan a las casas donde están estos servidores locales y se conectan desde sus dispositivos como si se tratara de una red Wifi. No accederán a internet, pero podrán usar los recursos disponibles en el computador/servidor.

El coordinador de la Red Local, Héctor Botero, cuenta que al comenzar la pandemia la estrategia se empezó a diseminar cuando el rector de una institución autorizó que una estudiante se llevara el computador/servidor para su casa. Luego decidieron dejar otro computador prendido las 24 horas del día, los siete días de la semana, en la sede principal. Ahora los estudiantes se acercan a estos puntos para descargar el material, usarlo sin necesidad de conexión en sus casas y vuelven para subir sus trabajos al servidor. “El problema no es el hardware”, dice Héctor Botero, quien explica que cuando no puede enviar el software por correo electrónico, lo manda en una USB por correo físico y luego orienta a los profesores a través de una llamada telefónica. Para él, “todavía hay mucho espacio para la formación de los profesores, para que usen esta herramienta en todo su potencial”. Para Hector Botero el objetivo a largo plazo es que todos en el país tengan acceso a internet, pero mientras esto ocurre esta estrategia busca “nivelar un poco con una herramienta de baja tecnología”.

Clase durante la pandemia en zona rural de Fresno
Ejemplo de uso del servidor local Kimera para acceder a recursos educativos durante la pandemia en zona rural de Fresno

Pero quienes no conocen este tipo de alternativas, buscan otros caminos para mantener a sus estudiantes conectados. En Santa Helena, un corregimiento en el área rural de Medellín, Lina Quintana ha juntado suficiente material para alimentar un blog que sirve de herramienta para su grupo de 25 estudiantes, con quienes trabaja bajo el formato de Escuela Nueva. Formalmente, los niños están entre preescolar y quinto de primaria, pero bajo este modelo de aprendizaje no hay una ruptura entre grados o asignaturas. En el Centro Educativo Permanente Mazo - Anexo Piedras Blancas, en el corazón del Parque Arví, alumnos y profesores trabajan alrededor de procesos investigativos. Un principio que sirvió de base cuando el pasado 14 de marzo tuvieron que cerrar la institución y enviar a los niños a sus casas.

Desde entonces Quintana le pidió a sus alumnos que orientaran su investigación alrededor de la siembra, de la observación de los animales de la zona y de la recolección de experiencias de su entorno. “Había que pensar estos saberes clásicos al servicio de la vida”, explica. Los niños están trabajando en sus propias huertas, hablan con sus familias sobre el trabajo de la tierra y documentan con fotos y sonidos a la fauna que “los visita”. En paralelo, Quintana busca expertos (ingenieros, biólogos, botánicos, entre otros) que le ayuden a resolver las preguntas que les surgen a sus estudiantes. Además, cinco personas que conocen su proyecto se ofrecieron como donantes para pagar el plan de datos de cinco estudiantes y, una vez a la semana, Quintana trata de organizar encuentros en línea con todos sus estudiantes para actualizar avances y compartir aprendizajes. La profesora cuenta que en algunas familias ya se organizaron para que ese día, la persona con celular y plan de datos lo deje en la casa.

Pronto, con el trabajo acumulado del año pasado y lo corrido de este, sacarán un programa de radio en una emisora comunitaria de la zona (que esperan convertir en podcast). “Falta muchísimo”, dice Quintana cuando piensa en todo lo que podrían hacer si la conectividad no fuera un obstáculo, pero le tranquiliza sentir que sus alumnos siguen motivados.

En el Cauca, María Guda también piensa sus guías alrededor de la relación con la tierra y el entorno inmediato de sus estudiantes. Algunos están aprendiendo más de la siembra y su relación con los ciclos de la luna de lo que podrían haber experimentado en un salón de clases. Pero muchos de ellos, próximos a terminar el bachillerato, se están perdiendo de otros aprendizajes. “Han surgido muchas oportunidades de hacer estos preicfes, de hacer estas entrevistas que hacen los psicólogos, esas charlas sobre la educación superior, sobre conocerse a sí mismo. Todas estas charlas en las que yo he estado, me hubiera gustado que ellos pudieran acceder a ellas”, reflexiona Guda. Pero mientras eso no sea posible, Guda seguirá asistiendo a esos espacios en su representación para llevarles de alguna forma el mensaje.

Entre tanto, en este interludio en el que no se sabe cuándo y cómo volverán a ser las clases presenciales, especialistas como Fernando Zapata recuerdan que la educación a distancia se inventó para los adultos, de modo que “es una fórmula que se inventó para otra enfermedad”. Y otros, como Carolina Piñeros, piden que las autoridades entiendan que para evitar que estas brechas sigan creciendo, y se logren superar los obstáculos, “no se podrá diseñar un molde, sino buscar soluciones a la medida”.


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